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Una Siboney en la Habana: Capítulo 3

Capítulo 3: Santiago de Cuba

A los pocos días de aquel vívido sueño, fueron de paseo a los carnavales de Santiago de Cuba. En esa época, los santiagueros tenían claro que tenían los mejores carnavales del mundo después de los de Río de Janeiro. 

No es posible asegurar tal idea, pero sí está claro que eran extraordinarios. 

La mayoría de las calles se engalanaban con muchas flores y bombillas de colores colgando de todos los sitios, de casa a casa. Se construían para la ocasión tarimas altas de madera para las orquestas populares y kioscos con barras gigantescas de cincuenta y hasta cien metros de largo, donde servían cervezas.

 El sonido de las tapas al caer al suelo era señal de la alegría que desbordaba los barrios. De cañas de bambú fabricaban locales por encargo de círculos sociales respaldados por empresas, etcétera, con decoraciones muy diferentes con el espíritu de las carrozas. Otras parecían bosques tropicales improvisados de la cantidad de plantas en grandes macetas que les colocaban.

Llegaron temprano y querían ir hasta la avenida Alameda, en la bahía, por allí pasarían las congas y comparsas, un espectáculo muy colorido. 

Las carrozas, muy grandes, llenas de bailarines y bailarinas, y por delante también cientos con ropas muy vistosas y coloridas. Uno de los espectáculos era infantil, algo que les llamó mucho la atención. Se acercaron a ellos y tenían coreografías muy bonitas donde destacaba una pequeña por sus destrezas bailando.

 Tenía habilidades nunca vistas por la niña. Conectó mucho con aquel acto. Estaba en shock, se había enamorado de esos movimientos gráciles, rápidos y cadenciosos por momentos. Sus ojos claros y grandes no se cerraban, la boca abierta de asombro. Mirando hacia atrás a los padres, muy decididamente les dijo:

—Esto es lo que yo quiero hacer.

Jorge y Manuela se miraron. Ella sonrió y a él se le cambió la cara. Pasó de estar en un estado de disfrute total a una sensación de frustración e impotencia. 

Sabía del carácter aguerrido y la determinación de la niña. Esa noche se quedarían a dormir con la madre de Manuela, la abuela Cachita, una bonita mujer de piel negra rojiza. Manuela era una mulata «blanconasa», fruto de la relación de su padre, de piel muy blanca, descendiente directo de isleños canarios.

Comenzaron a caminar por las alegres y sonoras calles, llenas de orquestas bailables. Cada 50 metros había una en sus altas tarimas. 

Llegaron por fin a la casa de Cachita, muy cerca de la catedral de Santiago. Fueron recibidos con la alegría de una abuela desesperada por abrazar y apretujar a su querida nieta. La niña rápidamente, lo primero que le dijo a la abuela fue:

–Abuela Cachita, he visto a una niña bailando y es lo que quiero hacer, quiero aprender—.

 A la abuela le pareció bien, cerca tenía una escuela de ballet, lo cual garantizaría, verla más a menudo e incluso la posibilidad de que entre semanas estuviese la chica con ella en casa.

El padre aprovechó de una vez, para dejar claro, que eso no lo permitiría y dando un golpe sobre una mesa gritó:

—Vamos a dejarnos de tonterías, hay que estudiar en la secundaria y luego en la universidad, tienes que estudiar algo serio, una verdadera carrera, con futuro.

Se hizo un silencio largo y continuo:

—¿Qué es eso de creer que andar contoneándose, es un trabajo digno y serio?—

La niña comenzó a llorar, al principio suave, pero cada vez, mientras pensaba en la frustración que se avecinaba, iba aumentando el lloro, hasta llegar a gritar entre sollozos.

La madre la trataba de contener, pasándole la mano suavemente por la cabeza, tenía que calmarla. 

La niña sabía que su madre Manuela, a la larga, apoyaría la decisión del padre, así que rápidamente salió corriendo a los brazos de la abuela, podía ser su cómplice o lo intuía.

La abuela la volvió a abrazar y le dijo al oído, susurrándole:

— No te preocupes, tendremos un secreto, le pediré a ¨Oshún¨, que se haga cumplir tu deseo—

(¨Oshún¨ es una santa Orisha, en la que creía, femenina y seductora, que viste siempre de amarillo, de la cultura ¨Yorubá¨, proveniente de Nigeria, en la época de la colonia española). 

De nuevo un silencio inundó el pequeño salón.

Manuela, para cambiar de conversación comento, levantando, de forma alegre la voz:

—¿Sabes mamá?.

 Sandrita se ha encontrado una piedra muy parecida a la que yo tuve de niña. 

—¿Lo recuerdas?—

—¿Aquella que te hizo hablar por las noches en otro idioma y que luego no te acordabas?

—Bueno, eso tampoco lo recuerdo, pero imagino que si—contesto Manuela.—Sí, hija, la recuerdo muy bien —dijo la abuela Cachita con una sonrisa nostálgica—. Aquella piedra tenía poderes. Me alegro de que Sandra haya encontrado una de ella. Tal vez pueda ayudarla a conseguir lo que desea.

Manuela asintió y le dio un beso a su hija en la mejilla.

—No te preocupes, hija, hablaremos con tu padre y veremos cómo podemos ayudarte a conseguir lo que quieres.

Sandra sonrió con lágrimas en los ojos y agradeció a su madre y a su abuela por su apoyo. Sabía que no sería fácil, pero con el amor y el apoyo de su familia, podría lograr cualquier cosa. Y con la piedra Siboney en su mano, sabía que tenía una pequeña ventaja extra.

La abuela comenzó a separar lentamente a la niña de su abrazo, sin soltarle los pequeños hombros, su cara se iba, con gesto de asombro y le dijo:

—¿Eres una siboney?—

Acto seguido y aún más enfurecido Jorge ¨ explota:

—¿Será posible?—que comenzamos con un tema delicado y pasamos a otro de fantasías y cuentos aún peor?—mejor me voy a dormir, que no quiero seguir escuchando tonterías.

El padre se fue a la habitación ya preparada para dormir, allí se encuentra con algunos santos en esculturas pequeñas, fotos, velas y una copa con agua, todo, cerca de la cama, los mira con un gesto mirando al cielo y diciendo en voz baja:

—Universo ayúdame—  

Era su mensaje agnóstico a sí mismo.

Mientras en el salón Cachita comento:

— Mira ¨mija¨, dirigiéndose a Manuela—

—Tú solo tuviste esa piedra una semana y sucedieron cosas, no teníamos para comer y unas de las mañanas, al salir a la puerta de la calle, nos encontramos una caja muy grande, llena de alimentos— y sentíamos ruidos en tu cuarto y cuando llegábamos había frutas. Continuó diciendo:

— En Siboney, cerca de esa misma casa, antes de que nacieras, conocí a una mujer que, había pasado por esto y todos hablaban de los poderes de esa mujer, lograba lo que se proponía, lo que pasa es que para ella quizás, sus propósitos eran pobres—

Miró fijamente a la niña y le dijo:

—Mi nieta querida—, Llegaras tan lejos como te propongas— 

La niña interrumpió:

—¿Entonces voy a bailar?

—Claro que si, no solo bailar, todo lo que quieras—.

Solo tienes que cuidar y mantener cerca esa preciosa piedra, pero además, vas a tener el apoyo de todos los ¨Orishas¨. 

 Contestó la abuela. —Además, Sandra, querida, eres una niña muy especial y valiosa. No importa si eres una siboney o no, lo importante es que seas tú misma y sigas tus sueños. Y no te preocupes por tu padre, él solo quiere lo mejor para ti, a veces simplemente no sabe cómo expresarlo. Pero yo sé que tú puedes lograr lo que te propongas, con determinación y trabajo duro. Y si necesitas ayuda, siempre puedes contar conmigo.

Manuela asintió y le dio un abrazo a su hija.

—Sí, hija, no te desanimes. Yo también creo en ti y estaré aquí para apoyarte en todo lo que necesites. Y tal vez, si hablamos con tu padre y le explicamos cómo te sientes, podremos encontrar una solución que satisfaga a todos.

Sandra sonrió y se sintió un poco más animada. Sabía que no sería fácil, pero con el amor y el apoyo de su familia, podría enfrentar cualquier obstáculo. Y con la piedra Siboney en su mano, sabía que tenía un pequeño pero poderoso aliado a su lado.

¿Logrará la niña entrar en la escuela de ballet?

 

 

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