Dicen que a la tercera va la vencida.
Una mañana mi profesor de trompeta del conservatorio de Santiago, me comenta: Guillermo, prepárate para un examen de pase de nivel. Yo estaba terminando el 4to. año de nivel elemental y no había opción posible. Era pasar o pasar.
Me preparé la obra “La paloma” (una habanera de Sebastián Iradier ) y algunos ejercicios.Llego el día y cuando llegué a presentarme, ya había una cola de alumnos esperando fuera de la pequeña aula.
Menos mal que el aula tenía aire acondicionado porque afuera hacía un calor tremendo. Bebíamos, como muchas veces “Prú Oriental” una bebida espumosa muy santiaguera y muy refrescante hecha a base de varias raíces.
Adentro, un gran músico presidía el jurado, era el prestigioso Juan Jorge Junco Hortelano, que venía de “Cubanacan” como le decíamos en Santiago a la Escuela Nacional de Arte (ENA).
Entré muy nervioso, trompeta en mano, a interpretar “La Paloma”. Realmente creo que me salió un gorrión desplumao de lo nervioso que estaba.
El maestro Junco me miró, captó la señal de mis gestos y con una sonrisa benevolente, hizo un chiste. Me relajé, apareció “La Paloma” y pasé la prueba.
Me enteré de mi victoria llegando del pueblo para comenzar las clases. Nos lo dijeron en el albergue -La Loma del Kake- .
Pero había otra noticia: No podría seguir mis estudios en Santiago porque allí no había nivel intermedio de trompeta. Tendría que irme a La Habana (por tercera vez) pero, en esta ocasión a la gran Escuela Nacional de Arte.
La alegría y la sorpresa fué tremenda. Tenía sentimientos encontrados porque sabía que los planes de mi vida iban a cambiar para siempre.
Llegó el día de la partida. Camilo, un compañero de teatro de dos metros de alto y yo subimos a un tren, rumbo a La Habana, en el viaje más largo que he hecho en mi vida.
Ese día, alguien muy importante, el más importante, a quién llamábamos “quien tú sabes” daba un largo discurso, razón por la cual movilizaron hacia Camaguey todos los trenes y paralizaron el nuestro. 30 horas de viaje nos costó el discurso de “quien tú sabes”.
Llegados a la Ena de noche, fuimos ubicados en el C4, así se llamaba el albergue, escalera C, piso 4.
Se escuchaban las ranas del rio Quibú, que nos quedaba a unos 30 metros del edificio. La verdad es que el río apestaba pero, con el tiempo hasta me gustaba el olor de sus aguas estancadas. Cuentan que en su día, ese mismo río albergaba peces de colores, quizás guajacones, Plattys o Guppys imperiales.
Al amanecer, nos despertabamos con un audio general escuchando una canción de Osvaldo Rodriguez. El amor se puede acabar”.
Yo disfrutaba mi plenitud y orgullo de estar allí. En mi pueblo los músicos que tocaban en la banda hablaban de “Cubanacan” (llamado así, quizás por la zona donde estaba ubicada la escuela) como el sitio de dónde salían los más grandes músicos de Cuba. Y tenían razón.
Para nosotros, era lo más grande del mundo. No había un lugar como aquel para estudiar.
Esa mañana, en esta tesitura de mi alma, casi flotando, bajé las escaleras para conocer el territorio. Los jardines estaban llenos de yerbas altas y un tractor las cortaba. Será por eso que, hasta hoy en día, el olor a yerba cortada me traslada a ese precioso entorno, donde destacaba la arquitectura única de ladrillos rojos en sus edificios.
Cuando terminé de bajar las escaleras, me encontré con mi amigo de Santiago, Jorge Aquino, que ya llevaba unos días allí. Eramos pocos, porque la escuela se había llevado a cientos de alumnos al campo de Isla de Pinos. Los nuevos ingresos no fuimos.
El me fue llevando en tour a conocer la escuela. Nos dirigimos al comedor, que estaba lejos. Frente a ese edificio había un bosque, de grandes árboles con raíces aéreas que impresionaban y en el centro se vislumbraba una casita que te transportaba a los cuentos de Hadas, dónde vendían helados y dulces a precios muy bajos.
Si la loma del Kake de Santiago era un paraíso, esto, por su tamaño y belleza, era la capital de los paraísos universales.
Ese -mi único curso en la Ena- pasó volando, como “La Paloma”.
La cercanía a las Playas del municipio del mismo nombre (Playa), era una tentación.
De noche íbamos al Coney Island, lleno de luces con su montaña rusa de madera, donde veíamos, sin cinturón de seguridad, a los alumnos de circo bajar con los pies hacia el cielo, agarrados de las manos del asiento.
Allí escuchábamos y disfrutábamos la música de los Bee Gees y Kc & the Sunshine Band.
La avenida estaba llena de pizzerías y cafeterías, que nos ayudaba a equilibrar el ruido de las tripas en las noches. Recuerdo a la pizzería Mare Aperto y a las cafeterías la frutada y la cocinita, entre otras muchas.
Como pueden ver, las distracciones eran demasiadas para un adolescente de 15 años quién además no tenía un hábito de estudios serios.
El ambiente imponente que me deslumbraba, más la falta de estudios trajo la nefasta consecuencia esperada. No pude continuar los estudios aunque ya me había enamorado del paraíso de las escuelas, de mi primer beso danzado (ella era de danza) y de Cubanacan.
El divorcio con ese paraíso de los paraísos era inminente y para siempre.
Hoy viene a mí, como en el despertar de cada mañana en aquellas literas, la triste canción de Osvaldo Rodriguez » El amor se acaba».

Hermoso relato , que ha despertado el recuerdo de esa sensación de todo joven cuando era admitido en una escuela de arte en Cuba , esa emoción juvenil de empezar a hacer tu camino aprendiendo un arte del cual disfrutas inmensamente. La adolescencia , los nuevos amores. Desde luego con tu crónica me has traído a la mente todos los recuerdos de aquella etapa feliz
Claro que si Anni, son etapas muy importantes y se quedan para siempre guardadas, en algún rincón de tu cerebro y a veces hay cosas que te las activan, me alegra mucho, que mi relato te haya activado tu memoria..de hecho estaba escribiendo sobre ese detalle en la próxima crónica..no se si al editarlo quede para otra mas adelante, pero de momento será para la siguiente, un gran abrazo y gracias por comentar, felices fiestas.