El piano y yo
No era un mueble más en mi casa. Tenía vida propia, siempre sonaba. Habitualmente la tapa estaba levantada y cuando pasaba por su lado, con los dedos, hacía como si un muñeco caminara por las teclas.
Era para mí un juguete. Nunca tuve muchos: unos patines chinos con unas muelas gigantes rompe zapatos, una bici de la pequeñitas y algunos carritos que me compraron y por los que lloraba cuando no me querían dar el mando para hacerlos mover en la pista.
Pues ese juguete -el piano- era grande y robusto y por ello duró tanto en casa. Raras veces salía, aunque una tarde, ante mi asombro, vi a mi padre y a sus amigos de la Banda Martí y los 7 Samurais (así se llamaba su banda) cargándolo a peso y subiéndolo en un camión para ir a tocar a Contramaestre, un pueblo cercano.
No quiero ni imaginar cómo llegaría: quizás desafinado y maltrecho. Yo no me di cuenta, afortunadamente. Me pregunto ¿cuántos micrófonos de los años 70 tuvieron que usar en los campos para hacer sonar a esos 8 guajiros?
Recuerdo también que, a veces, el suelo de la sala se llenaba de teclas. Era mi padre que estaba afinando y arreglando el piano.
Tener un piano cerca me infunde seguridad. Es como tener siempre presente a aquel viejo amigo. Yo tocaba “Los paticos” cuando tenía 4 ó 5 años, la pieza casi completa con las teclas negras.
Viene otra canción a mi mente que aprendí de niño. Ni siquiera sé su nombre. Sólo sé que, cuando la toco, la gente la tararea.
Lo que no me gustaba era que mi querida madre, siempre orgullosa y apostando a que sería músico, me llamaba ante sus visitas: Guilleeeeee, ven a tocar el piano que aquí está Fulanita. Si estaba en el patio pensaba si corría hacia el zaguán (pero no podía saltarme el muro) o trataba de pasar por delante de ellas hacia la calle, sin que me vieran, como el niño invisible de un soplido. Todo por tres notas que sabía tocar en el piano.
En el conservatorio, alguna vez toqué el piano. Teníamos esa asignatura complementaria. Cuando llegué a la Escuela Nacional de Instructores de Arte -luego del pase de nivel y la estancia de un año en la Escuela Nacional de Arte- tuve una maestra inolvidable, Josefina Barreto. Ella siempre creyó que yo tocaba muy bien las lecciones y las aprendía muy rápido. Nunca le dije que ya yo había estudiado esas lecciones en la escuela anterior.
En esta escuela también conocí a Mister Acorde “el maestrazo”. Tenía la capacidad de tocar tan rápido los acordes unos detrás de otros en la guitarra, que parecía una melodía. Así de rápido también, respiraba, hablaba y sonreía.
Muchas veces los compañeros nos encontrábamos en las casas de la escuela, donde estaban los pianos desocupados, para inventar acordes extraños y jazzísticos. Lo que no sabíamos es que ya todos los acordes estaban nombrados y clasificados, en el “norte revuelto y brutal” (como llamó José Martí a Estados Unidos, en una de sus famosas cartas). Además, utilizaban letras, llamadas cifrados, que representaban todos los acordes posibles. Mi amigo Ramón el ¨Congo¨ comprendió todo esto y nos hizo saltar de la ingenuidad al asombro.
Nuestro método para “crear” acordes era el siguiente: yo apartaba la cara e iba poniendo muchos dedos a la vez (más de tres es un acorde, menos son intervalos armónicos) y cuando nos gustaba cómo sonaba, decíamos: éste. ¨Mr Acorde¨ lo apuntaba y le daba nombres que ahora no recuerdo.
Lo que sé, con certeza, es que nadie nos quita la ilusión que vivimos en el momento, cuando de la nada “inventábamos” acordes.
Esto tiene su mérito. Pero también lo tiene esta sonrisa de oreja a oreja que sale de mi boca, espontánea, cuando me llegan esos recuerdos.
Al final, tener un teclado cerca me produce alegría, confianza, seguridad. Disfruto posando mis dedos sobre sus teclas y ahora, a pesar de que los teclados eléctricos pueden producir muchos sonidos novedosos, sigo recordando la maravilla de aquel piano familiar.
Imagino que otro niño – cuando pasa por su lado- hace que sus dedos se conviertan en muñeco que camina sobre teclas, en otra casa, otro salón, como solía jugar yo.
Escrito por: Trujiz
Edición de texto: Jaqueline Aguirre
