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Crónica: 17 De una Vida no Esperada

Crónicas de una vida no esperada 17
 
De Instructores y el primer amor.
 
Comencé mi segundo año en la Escuela Nacional de Instructores de Arte -ENIA- con una cierta estabilidad emocional. Habían pasado aquellos amores temporales que me habían enseñado tanto (incluso algo de sufrimiento) para dar paso a lo que realmente fue mi primer amor.
 
La ENIA tenía su propio sonido. Si para mi el sonido de la Escuela Nacional de Arte -ENA era el sonido de los xilófonos que resonaban por todas las calles aledañas, pues la ENIA sonaba a tambores Batas que aún hoy nos influyen a muchos de nosotros en lo que hacemos musicalmente.
 
Cada mañana venían 4 o 5 “tocadores” especialistas en tres instrumentos llamados Iyá,  Itótele y Okónkolo  que con sus cantos ancestrales de la cultura Yorubá nos fascinaban.  Sus toques, que originalmente están hechos para las ceremonias y rituales de toques dedicados a los santos Orishas:  Elegguá, Ochosi, Oggún, Changó, Yemayá, Obbatalá, Oyá, Ochún y Babalú Ayé.
 Cada uno de estos santos tiene un toque o canto y un orden específico.  Creo que el orden puede variar pero todas las ceremonias abren y cierran con el toque de  Elegguá. El es el Orisha que abre y cierra los caminos de las personas, según los rituales de la cultura Yorubá.
 
Estudiábamos, entonces, entre esos ritmos dedicados a Los Santos Orishas, interpretados por la banda sonora de las clases de Folklore  Afrocubano.
 
Un día, como por arte de magia, ahí estaba, el toque de Elegguá y apareció ella. Ante mí se abrió un camino.
 
Era la primera primera vez que la veía. Ella bajaba por la calle con sus nuevas compañeras de danza. Era su primer año. Vestía su uniforme color mostaza y su blusa blanca. Sus zapatos me llamaron la atención: unos botines mostaza, casi del mismo color del uniforme..
 
Ví  que sus piernas perfectas y su torneado cuerpo la hacían destacar, aún con aquel deslucido uniforme. Para mí fue un flechazo. Su piel, tan blanca, mostraba cada vena y hacía de ella un mapa por conocer. Quería adentrarme en sus laberintos y asumí esto como una de esas materias extraescolares que no me quería perder.
 
Fuimos inseparables. Ella era de la Habana y la madre hizo todo a su alcance para dejarla becada. Los fines de semana yo me iba a  la Habana Vieja donde vivía. Nos íbamos juntos a la escuela y de los recuerdos que llegan a mí es el aroma de un pollo que ella llevaba en un pozuelo. Era deliciosos y me contaba que lo hacía durante muchas horas a fuego lento. Lastima que no le pedí la receta.
 
Mi profesor de trompeta, Lázaro, veía que le dedicaba mucho tiempo a mi novia. Muchas veces desde la ventana de clases la veía esperando por mi y eso, sin duda,  desviaba mi atención.
 Un día el profesor me echó una bronca tan grande que me hizo llorar de vergüenza. A Lázaro Cruz yo lo quería y respetaba. Era la primera vez que un profesor creía en mí, en mis condiciones como músico. Su opinión me importaba mucho. Ese día  me dijo que a nuestra edad las chicas era cuestión de rachas, rachas de tener parejas y rachas de no tener nada y que la música, en cambio, era para toda la vida, que estaría siempre conmigo de acuerdo a mi constancia.
 
Fue una lección aprendida. Me dijo que no le extrañaría verme tocar una primera trompeta o dirigir una banda. Y así fue. Se cumplió su augurio para mí. Todavía le doy las gracias.
 
No dejé a mi novia pues solo había que comenzar a saber equilibrar el tiempo con ella. Tuvimos entonces nuestras horas de conocernos, de experimentar emociones, de aprender lo que no se puede decir y lo que si. También tuvimos el tiempo de los pequeños disgustos, así como de conocer los entresijos de nuestros cuerpos y nuestros sentimientos.
 
 Conocimos todos los rincones de la escuela para poder estar juntos hasta que  llegó mi nuevo profesor de trompeta, Robertico García, que me dejaba la llave del aula para estudiar de noche.
En un closet (armario empotrado) guardábamos una colchoneta enrollada. Traíamos las sábanas y mosquitero y allí montábamos nuestro camping amoroso.
 
Nuestro bonito noviazgo duró unos 4 años. Durante estos cuatro años terminé varias veces con ella y ella me pedía, entre lágrimas, que retomáramos nuestra relación.
 
Un día pagué este ir y venir mío con creces. Estaba ya en la banda de música, por el servicio militar y pensé que era el momento de dejarla. Estábamos separados mucho tiempo y mi inseguridad infundada nos trajo la separación final. Pero esta vez no lloró, no pidió el regreso, me dejó ir, sin más. Mientras bajaba aquella calle yo esperaba que me llamara para dar vuelta y comenzar otra vez. Eso no ocurrió.
 
Sonaban en ese momento los toques de los tambores Batás y de nuevo escuché a Elegüa.
 
Esta  vez era el último toque de la ceremonia: se cerraba ese camino para mí.
 
Una infinita tristeza me acompañó un tiempo. Comprendo ahora que tenía que seguir andando para transitar  los nuevos caminos que me trajeron hasta aquí.
 
Hoy es mi amiga y nos saludamos en la distancia. Ella está en esa cajita donde se guardan cuidadosamente todas aquellas personas que te han ayudado a crecer, que te han amado, que te han acompañado en el camino. Ella está allí, en mi corazón, en su propio y merecido rincón.
 
Escrito por: Trujiz.
Edición de texto: Jaqueline Aguirre Morales

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