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Crónica: 13 De una Vida no Esperada

                                                           Escuela al Campo 1

Crónicas de una vida no esperada 13

Escuela al Campo 1

Tendría  12 años cuando me llevaron a mi primera “escuela al campo” Este fue un programa de educación instaurado en Cuba, desde los años 70, según el cual y bajo los preceptos de José  Martí, cada escuela secundaria tenía que llevar a sus alumnos a un campo durante un período de 33 a 45 días.

Mi primer curso fue en el campo de la Provincia de Guantánamo. Teníamos que recoger café en unas montañas muy húmedas, propicias para su cultivo. Dormíamos en hamacas hechas de sacos de café y que olían a sus granos. Nunca he pasado tanto frío. El tejido de los sacos filtraba todo el aire y nos calaba hasta los huesos.

Caminábamos cada día unos cuantos kilómetros, subiendo y bajando esas maravillosas montañas verdes. Ordeñábamos los arbolitos de café con sus frutos rojos, amarillos y verdes. Sólo se seleccionaban los rojos, acercando las ramas hacia ti, mientras los granos iban cayendo dentro del la cesta de mimbre o un jolongo.

Había que hacer unas cuantas bolsas  de mimbre o jolongos, un alumno que venía de un campo era capaz de hacer cantidades que sólo un adulto podría, era increíble su velocidad y la cantidad de café que recogía él solo.

Las arañas eran del tamaño de un puño y sus telas entre árboles eran tan densas  que podían impedir el paso si no las rompías antes con un palo.

Era el sitio de las polímitas que son los caracoles más bonitos de la tierra, llenos de colores. Con ellos se podían hacer pulseras o collares para nuestras madres o alguna chica que te gustara.

A mí la que me gustaba era una chica que estudiaba ballet. La mulata más bonita que había visto nunca. Tendría 15 años pero ella tenía ojos sólo para los mayores. Pensé regalarle un collar de polímita pero nunca me atreví.

Todos nos escapábamos a un río que estaba a un par de kilómetros del albergue.  Era el paraíso en la tierra. Nos sentábamos en una pequeña cascada donde construíamos con piedras un muro. Allí comíamos un banquete de banquetes: las guayabas y los mangos maduros, que el río traía flotando y nos regalaba.

Una noche vimos un fantasma. Nos asustamos mucho.  Era blanco y se movía. Al amanecer nos dimos cuenta que era una vaca que dormía parada, sobre sus patas.

 Teníamos un vecino del campamento, un anciano haitiano, al que alguno de los alumnos molestó. El señor, nos gritó una mañana en la que íbamos en fila a la jornada: 

—“Tu ta querer moletar al Tata y yo deci que tormenta grande los va a llevar de aquí”.—

Entonces no habían satélites ni partes meteorológicos muy avanzados pero el maleficio  gurú, se cumplió en pocos días: un ciclón enorme se acercaba peligrosamente. Nos quedamos sin comida en el campamento pero gracias a un guajiro y su esposa, sobrevivimos. En su pequeño y humilde bohío de madera y palma pasábamos en fila a recoger nuestra ración de tortillas de huevo. La generosidad de esta gente fue realmente conmovedora e inolvidable para muchos de nosotros.

El día de la partida, llegaron las guaguas desde Santiago a recogernos. Era de noche y llovía a cántaros. Teníamos frío y estábamos mojados. La ciudad de Guantánamo estaba relativamente cerca y había que atravesarla. Al llegar, algunos estábamos con deseos de hacer pipí. Hablaron con algunos vecinos para que nos permitieran entrar a sus casas. 

A mí me tocó ir a una casa grande de madera y techo de zinc donde una señora morena con una hermosa sonrisa nos recibió. Ëramos tres.

 Fuimos hasta el fondo donde estaba la cocina y a continuación el baño. Olía a sopa de pollo bien condimentada y sabrosa. Del techo pendía un pan que se veía delicioso. Me le quedé mirando con ojos de hambre y  la señora me dijo:

— ¿Tienes hambre, ehhh?—

  Agaché la cabeza sonriéndole y entré al baño. Cuando salí,  esa señora ángel nos tenía en la mesa tres platos de sopa servidos. Esa sopa humeante con olor  a vida.

Le dije preocupado: 

—Señora, afuera nos esperan—

  Ella fue al portal y cerró la puerta. Nos dijo, decidida: 

—Yo no sé lo que están afuera pero ustedes no se van de aquí sin tomarse esa sopa—.

 Era mi pueblo generoso representado en esa señora, a la que no olvidaré nunca.

Son imborrables los gestos de solidaridad de aquellos campesinos de algunas zonas de Cuba. Me reconfortan y me enorgullecen.

En la guagua, algunos se habían cambiado  de asientos. Cuando llegué al mío, donde estaba mi mochila, seguían ocurriendo los milagros: allí estaba ella, a la que le hubiera regalado el collar que nunca fabriqué. Ella cerraba un poco sus ojos cuando te miraba, como enfocando y a mí aquel gesto me enamoraba.

 Me regaló una sonrisa y me dijo:

— Tengo mucho frío ¿tienes algo para taparme?—

Busqué desesperadamente en mi mochila y solo encontré limpio un pantalón. Abrió sus ojos más de lo normal en ella y temí perderla. Sonrió. Le puse tímidamente el pantalón por el cuello y ella me miró con una mirada agradecida. La felicidad me envolvía.

Al rato, puso su cabeza sobre mi hombro. Nos acurrucamos de alguna manera y agradecí al ciclón, al gurú, a los chicos que molestaron al gurú y a todos los que de alguna forma intervinieron divinamente para que se diera ese momento único.

Comenzaron las clases en la escuela y nunca más la tuve cerca. Ella volvió a ser la bella fina y orgullosa con su estilo y sus pasos de bailarina y con esos ojos semi -cerrados, que enfocaban a todos desde su pedestal inalcanzable

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Escrito por: Trujiz.
Edición de texto: Jaqueline Aguirre Morales

2 thoughts on “Crónica: 13 De una Vida no Esperada”

    1. Muchas gracias mi querida Gisselle …es para mi un honor ese comentario, sabiendo que escribes muy bien, además de ser actriz y toda la sabiduría y gusto, que ello conlleva ..Un gran abrazo

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