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Crónica: 7 De una vida no esperada

La Habana

La primera vez que fui a la Habana tendría unos 9 años de edad. Iba con mi madre ya divorciada de mi padre-. Ella hacía todo lo posible por distraerme y distraerse ella, luego de que yo le dijera, al saber que mi padre nos dejaba: «¿porqué no lo amarramos al balance ?( mecedora).

Mi inocencia no sabía de los entresijos, ni sabía que sería la primera de las muchas rupturas de la vida por venir.  No hay un manual de instrucciones para las relaciones.

Salimos de madrugada de la estación de ómnibus en una guagua interprovincial, de marca Leyland. Sabía que iba a ser un viaje largo a través de la isla. Aquella guagua recorrió nada menos que 735 kilómetros  de la Carretera Central.

Fue una travesía enriquecedora ya que por primera vez me leí un libro completo: “La historia de mi vida” de Charles Chaplin.

El viaje trajo nuevas cosas a mi mundo. No sólo me metí en la vida del genio si no que, además, descubrí que  Cuba tiene zonas donde la tierra es roja; que en el pueblo de “Las Tunas”  se tomaba un exquisito caldo de pollo con muchas viandas en un sitio que llamaban ” La caldosa de Quique y Marina» que tenía sabor a campo y a comida de abuelas.  Años después, a  ese lugar le hicieron una canción en homenaje a su sabrosura.

Llegamos de madrugada y aún medio dormido, abrí los ojos para conocer a la tan famosa Habana. Por  la ventanilla sólo vi los edificios del centro , en la Avenida Paseo.

Nunca había visto algo igual. Esos edificios de muchos colores que quedaron impresos en mi memoria. En la terminal, cuando esperábamos a quien nos venía a buscar, ví unas luces que flotaban y pensé que era una nave espacial (la imaginación ¿recuerdan?) hasta que ya, con el amanecer, descubrí que eran las luces de la torre de la Plaza de José Martí.

En ese primer viaje, La Habana  olía a muchas cosas: a bahía, a helado Coppelia, a malecón, pero el aroma que más recuerdo es el del aceite de girasol.

En el segundo viaje , ya yo estaba estudiando en la escuela de arte de Santiago de Cuba. Mi primo Rogelio y yo decidimos reunir dinero debajo de un colchón. Él lo ahorraba de lo que le daban mis tios y yo le iba aportando parte de los 5 pesos que mi madre me daba para la semana. Hemos debido ahorrar por lo menos 1 año para que el dinero nos alcanzara  para tantas chucherías africanas ( un dulce de chocolate) y quesitos crema con guayaba  en nuestro paseo al parque Lenin.

Allí me llegaba otro aroma: al entrar en la panadería  del barrio Lawton, donde íbamos con mi padrino, recibíamos aquel delicioso olor a pan recién sacado del horno.

El Municipio de Playa era, todo él, una fiesta para todos los sentidos. Ibamos a un circulo social que se llamaba Patricio Lumumba, uno de tantos antiguos clubes de aquella Habana. Atravesábamos el edificio entero para llegar al mar. Allí aprendi a nadar a la fuerza, por el empeño de mi primo Javier. Me zumbaba desde los muros salientes que rodeaban la playa y tragué agua salada hasta el cansancio. Pero aprendí. Era su método, decía Javier.

Al salir de allí íbamos a la cafetería del frente y juro que nunca he probado un yogurt de verdad, tan delicioso y cremoso como ése.

La Habana es única e inolvidable. Nunca he sabido si uno la adopta o ella te adopta a ti. Todavía sueño que vivo en ella, después de 20 años de haber salido.

Los cubanos vivimos enamorados de La Habana. Aunque te alejes de ella, sus encantos, su gente y sus calles se encargan de recordarte que está allí, esperándote.

La Habana es como esa novia de los principios del principio que siempre estará en tu memoria, aunque cambies de ciudad, aunque juegues a olvidar.

Escrito por: Trujiz.
Edición de texto: Jaqueline Aguirre.

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