El Choly, su bateria y su adornada bicicleta:
La primera vez que vi una batería de cerca, quedé deslumbrado con sus brillos.
Era azul agua, casi verde, marca Talton ¿o sería Trova? no recuerdo bien.
El encuentro fue en mi pueblo natal, en un local que parecía una cueva. De allí su nombre: si mal no recuerdo, se llamaba “La Cueva del Indio”. Al entrar en ella te llegaba el olor profundo a madera, tabaco, o a lo que, años después, identifiqué como el olor a club nocturno.
Esa mañana, allí ensayaba el combo Los Samurai.
Choly “el cojo” tocaba la batería. Era un hombre muy delgado y cojeaba un poco. En mi pueblo poner motes era lo habitual. Así lo llamábamos.
Mi recuerdo de Choly tiene que ver con esa batería y con su bicicleta. La adoraba y la adornaba con cosas que eran comunes en mi pueblo. Por ejemplo, en el manillar colgaban pelos de muñecas o, en la parte trasera, antenas de alambres altísimas para una radio portátil. A él siempre lo vi con su bicicleta llena de adornos. Pero hay un detalle por el que Choly se hizo inolvidable en mi vida.
En mi sexto grado de primaria creamos una banda, con bastoneras (chicas que manejaban unos bastones y hacían coreografías infinitas y en las que todos los niños nos fijábamos).
En realidad, muchas escuelas tenían sus bandas de música, por lo que se crearon concursos donde todas lo grupos
competíamos. Nuestro afán de lograr los primeros lugares se centraba en viajar a otros pueblos y participar en otros festivales.
En vísperas de una presentación final en uno de estos festivales, le dije a nuestro director que mi amigo Choly nos prestaría su caja de batería… si, aquella de la que me había enamorado. Sonaba como los dioses ante las viejas cajas que casi ni sonaban.
Le dije: “con la caja de Choly, el cojo, vamos a ganar”.
Éramos la última banda en tocar y Choly no aparecía. Estábamos todos nerviosos, especialmente yo, que había hecho esa promesa.
Comenzamos a tocar y, de pronto, ví al bendito amigo con su bicicleta y la caja colgando en ella.
Como pude me acerqué a Choly y logré ponerme la caja que pesaba un mundo y me llegaba hasta los tobillos. Entonces, se hizo la magia: empecé a tocar con todas mis energías y la potencia de su sonido impregnó el ambiente. Maestros, padres y vecinos daban voces y aplaudían.
Ganamos. Ya podríamos viajar a otros pueblos cercanos pero, lo más importante para mí en ese momento, fue la mirada cómplice que me regaló la bella mulata, bastonera principal, que hace que, aún en estos tiempos, yo recuerde con tanta ternura y agradecimiento a Choly el cojo, su batería y su adornada bicicleta.

Jaaaaaa, todo un regalado, cual quiera puede imaginar ese contexto me encantó,
La verdad Marta, que es curioso, como puede ser un punto de encuentro de la niñez de cualquier cubano en esa epoca..gracias por tu comentario, un abrazo