Saltar al contenido

Crónica: 3 De una vida no esperada

La Loma del Kake

En el Conservatorio de Música de Santiago de Cuba me dieron una beca. Los estudiantes dormíamos en un sitio llamado La Loma del Kake desde dónde se veía y olía toda la bahía de Santiago. Era como estudiar en el paraíso.

 Había una biblioteca y pinacoteca de obras de los grandes maestros. Fue una experiencia fascinante y enriquecedora estar rodeado de tanto arte y artistas potenciales. 

En la residencia también daban clases  de secundaria artística y allí estaban las aulas de artes plásticas, inundadas de un olor familiar de pintura de óleo y aguarrás, que me transportaba al estudio donde mi padre trabajaba sus esculturas. 

Mi amor por la pintura y el dibujo nació en mi niñez, con mi padre. Él fue la primera persona a la que vi dibujar. De niño, lo observaba fascinado porque para mí hacía magia: un trazo se convertía con otros trazos en algo identificable.

 También, en la primera infancia y en la misma guardería, una maestra hizo un milagro que quizás ella ni sabe: me dio un papel y un lápiz y me dijo que dibujara algo, cualquier cosa, lo que yo quisiera. Algo cambió en mi cerebro de niño y le pregunté: ¿lo que yo quiera? Ese permiso inesperado de mi maestra influyó para siempre en la importancia que para mí tiene la libertad de crear algo desde la nada: sonidos combinados que aún no existen, unos encima de otros armónicamente y otros en filas indias, creando melodías insospechadas; un color encima del otro,  generando lo nunca visto. Intento resguardar dentro de mí la mirada y el sentir de aquel niño para abrir mi alma a la sorpresa, al asombro cotidiano de todo lo nuevo por descubrir.

Hablo de música, hablo de pintura, hablo en definitiva, de la libertad que engendra el  amor al arte.

Otra crónica de esta serie
Otra crónica de esta serie

2 pensamientos sobre “Crónica: 3 De una vida no esperada”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

es_ESEspañol