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Crónica: 16 De una Vida no Esperada

Crónicas de una vida no esperada 16
Mi último viaje a una Escuela al Campo fue a Pinal del Río, la provincia más al occidente de donde yo había nacido (la antigua provincia de Oriente) las más extremas de la isla de Cuba.
Era la primera vez que muchos visitábamos esa zona y lo más sorprendente, era que íbamos a sembrar tabaco en un sitio histórico. Estábamos a pocos kilómetros de ¨Vuelta Abajo¨, donde desde 1830 se cultivaba el “mejor tabaco del mundo”.
Mi acercamiento a los cigarrillos venía del barrio donde nací. Allí la mayoría fumaba tabaco negro, más conocido como cigarros marca ¨Popular¨. Eran demasiado fuertes para nosotros, los adolescentes así que “imitábamos” a los adultos fumando un tipo de cigarrillos rubios.
Reuní un peso y sesenta céntimos que, creo recordar, era lo que costaba la marca ¨Aroma¨.
Dos o tres amigos nos fuimos a un portal del barrio a degustar nuestras primeras caladas humeantes. Al abrir la cajetilla vimos que los cigarrillos estaban llenos de agujeros y pensamos que llevarían almacenados muchos años porque allí nadie fumaba los llamados ¨cigarrillos suaves¨.
Ya en esta nueva etapa, con 18 años fumaba ¨populares¨ sin filtros.
Mi primer recuerdo de Horacio ¨el negro¨ Hernández – reconocido hoy en día como uno de los mejores bateristas del mundo en su estilo, fue en esos surcos, sembrando tabaco.
En un descanso, fumábamos sentados en unos árboles muy altos llamados rompe vientos. Me sorprendió cuando él nos brindó de sus cigarrillos ¨populares¨ que, curiosamente, los tenía cortados por la mitad. Esta era su forma de ahorrar.
A los pocos días de campamento nos reunieron para decirnos que iban a convocar a los que ya sabían solfeo y tenían algo de preparación. La convocatoria era para irnos de profesores a una Escuela al Campo de las de verdad.
No eran campamentos como los nuestros, era una estructura nueva de tres o cuatro edificios que se comunicaban por pasillos. Allí estudiaban cientos de alumnos que pasaban todo el año entre los estudios y el trabajo del campo.
Fue una de las experiencias que nos produjo un subidón para la autoestima de los que fuimos con esa edad fungiendo de profesores, aunque fuera por poco tiempo. Nuestros estudiantes eran chicos y chicas de nuestras edades y nos daban los privilegios que tenían lo profesores como la propia decisión de la hora de irnos a dormir..
¿La parte mala?:
Los mosquitos. Nunca en mi vida había tantos de ellos juntos. Cuando caminábamos por los campos de los alrededores podíamos sentir que un enjambre de ellos podría detenernos al andar.
Como profesor, tenías que hacer guardias en la entrada de la escuela, sentados en unas butacas blancas. Matábamos mosquitos a diestra y siniestra y, para hacer más entretenidas las horas, coleccionábamos los cadáveres de estos. No exagero si digo que las butacas blancas se oscurecían.
Una noche, al acostarme, metí mi mano derecha dentro de la funda de mi almohada y sentí un pinchazo profundo entre la uña y el dedo índice. La sensación era como de un fuerte corrientazo eléctrico por todo el cuerpo.
Nunca vi al insecto, pero supe describir lo que sentí. Los guajiros de la zona me dijeron que sería un alacrán. La fiebre no se hizo esperar.
¿Una noche para olvidar? ¡Jamás! aquí está aún para advertirme que tenga cuidado por dónde meto la mano.
Esta escuela estaba entre el pueblo de Sandino y el de Guanes.
Era 1980 y ya habíamos regresado a la Escuela de instructores de Arte de nuevo, para hacer mi segundo año.
Una mañana me encontré de nuevo con ¨El Negro¨ Hernández. Esta vez yo estaba conversando con varios amigos en el muro, frente a la casa comedor.
El Negro de acercó y me dijo:
—Truji, ¿tu tienes tocadiscos?
Le dije que sí, que tenía uno ruso en mi casa en ¨La Habana Vieja¨, donde vivía.
El tenía una gran colección de discos y no sé cómo termino la conversación, pero nunca pudimos escucharlos. Al menos nos quedó la rutina de escuchar el programa de jazz de su padre en la radio y que cada noche sintonizábamos religiosamente, a las diez de la noche.
En esta escuela había un profesor, gran pedagogo, que caminaba muy rápido. Era muy delgado y su léxico era muy peculiar: cuando le preguntábamos a dónde iba y era la hora de almorzar, en vez de decirnos simplemente “voy a almorzar” contestaba:
—Voy a realizar, la actividad fundamental del hombre”. —siempre le sonreíamos.
Aunque nunca fue directamente mi profesor, él me ayudó mucho a aclarar las dudas sobre ¨figuraciones rítmicas¨ (que es la manera en la cual se escriben los ritmos en una partitura). Siempre estaba dispuesto a enseñar a cualquiera y donde quiera y su forma de explicar era única e inolvidable.
Su nombre es Santiago Reyther. El, los Hermanos Trillizos y otros grandes profesores crearon una de las escuelas de percusión más importantes de Cuba. Influyó en todos los alumnos de música.
Gracias a él jugábamos en las calles de la escuela a leer el método de percusión ¨Buddy Rich¨, tocando con una mano la lección y con la otra mano la clave cubana. este juego se hizo habitual y junto a otros juegos de independencia rítmica (que consisten en hacer ritmos diferentes con manos y pies) solíamos pasar las tardes.
Sólo mencionar a algunos de los egresados de percusión de mi época ofrece una panorámica de la dimensión de tal ambiente musical:
Horacio ¨El Negro¨ Hernandez
David Ortega ( Rip)
Ernesto Simpson
Miguel Diaz ( Angá)
Moises Porro Oduardo
Ramón Rodriguez ( El Congo)
Ramón González (El León)
Eduardo Córdova
Mayin Percusionista
Papin
Juan Guillermo Baró
Y eran muchos más de tal calibre, de tal importancia en nuestra escuela.
Son muy conocidos los egresados de la escuela Amadeo Roldan, de la Escuela Caturla, de la Escuela Nacional de Arte, del Instituto Superior de Arte y de todos los conservatorios de todas las provincias, pero hoy, recordando mi última Escuela al Campo, tengo que nombrar a la inolvidable ( ya desaparecida) Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA), donde tantos nos formamos.
Estoy seguro que todos los que allí estudiamos agradecemos a sus maestros y trabajadores que hicieron lo posible por inculcarnos el hábito del estudio con un gran mensaje:
“Llegará el momento de desaprender para comenzar de nuevo a crear desde cero. Esta es la eterna espiral del aprendizaje”.
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Escrito por: Trujiz.
Edición de texto: Jaqueline Aguirre Morales

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