Escuelas al campo 3
“El maestro que va al campo necesita de la preparación que esté en consonancia a las exigencias del campesino, cargado de conocimiento intuitivo y empírico, diferente al hombre urbano, para poder realizar una labor verdaderamente fructífera“. José Martí.
Así como esta frase, muchas frases de Martí fueron puestas en práctica en Cuba, aunque no siempre dieron los resultados esperados. El programa «Las Escuelas al Campo» se basó, en dar a los estudiantes un “conocimiento intuitivo y empírico” tal como lo expresaba nuestro prócer.
La primera Escuela al Campo de La Habana a la que fui ya estando en la ENIA fue una gran experiencia. Era la primera vez que montaba en una especie de barco moderno para la época a los que llamaban “Deslizadores”. Viajar por aquellas aguas verdes turquesas del Caribe fue para mí todo un acontecimiento. Su transparencia era única y era la primera vez que veía tanta claridad en el mar.
Nos dirigimos a la que se llamó Isla de Pinos pero que en ese momento, ya tenía el nombre de “Isla de la Juventud”.
El campamento ya era famoso desde mi estancia en Cubanacan, la anterior escuela de Arte.
Esta vez las dos escales estarían compartiendo el campamento, que se llamaba, ¨Palo Seco¨ y estaba relativamente cerca de la capital de la isla, ¨Nueva Gerona¨. Nos fueron a buscar en las guaguas marca ¨Girón¨, cuyos asientos eran de plástico.
Veíamos desde la guagua los paisajes de los campos de toronja (pomelo) que le daban ese pequeño toque amarillo y adornaban el verde del horizonte.
Pasamos por una playa de arena negra, algo muy raro de ver, teniendo tan cerca las arenas blancas de arrecifes. Este color se debe, al parecer, a las rocas de mármol de la zona.
El trabajo allí, como era de esperar, era la recogida de toronjas. Se decía que todas se exportaban a Japón y yo sólo pensaba en cómo llevarle unas cuantas cáscaras a mi querida madrina, para que me hiciera uno de esos deliciosos dulces que hacía con esta maravillosa y no tan apreciada fruta de mi país.
Un día de tantos, escuché a algún campesino decir:
“Estas escuelas, le dejan pérdidas a estos campos, no sé porqué siguen cosechando las toronjas”.
Imagino que tenía razón. Lo escuchábamos desde un árbol al que nos subíamos un par de amigos y yo, aprovechando algún descuido de los jefes. Allí nos acomodábamos en las gruesas ramas, a pelar y comer toronjas. Esos días entrábamos como siempre con nuestro jorongo para recolectar las frutas, sólo que algunas de ellas eran para nuestro consumo.
Los cuentos que escuchábamos nos hacían reír y nuestras carcajadas se oían por todo el campo.
Al grito de retirada, nos incorporábamos a la tropa estudiantil y no estoy particularmente orgulloso de esos días pero sé, con certeza, que son parte de ese aprendizaje necesario para crecer.
Había cientos de alumnos talentosos y, claro, entre ellos muchas chicas talentosas, bellas y futuras famosas actrices, cantantes, bailarinas. Con l tiempo he visto muchas películas donde triunfaban aquellos pupilos.
Las noches eran excitantes: luego de comer teníamos unos grandes altavoces colgados a un alto poste, los rodeábamos como las mariposas nocturnas alrededor de la luz. De allí salían sonidos desconocidos que de alguna manera nos estaban reeducando los gustos musicales. Escuchábamos, por ejemplo, a Chick Corea y a Whather Report, aunque verdaderamente no sabíamos que este último, estaba dentro de una de esas cintas grandes de grabación desde donde se emitía, pensábamos que todo lo que se escuchaba era de C. Corea.
Un año después lo comprendí: en el concierto llamado, encuentro Cuba-Usa, del año 79 en el teatro Carlos Marx, escuchando a Wather Report en vivo, nos dimos cuenta que esa cinta, no sólo era de Chick Corea.
Había una chica de música que me gustaba, pero tenía novio. Sus facciones eran de una rara belleza, su nariz de india norteamericana, su pelo lacio y muy negro y su piel literalmente dorada la hacía distinta y destacaba más, porque, a corta distancia, se le notaban en los brazos unos finos y diminutos vellos rubios. No era la más guapa, pero tenía ese no sé qué que tienen ciertas chicas, ese atractivo envolvente e hipnótico. Su cuerpo de negra terminaba en unas piernas perfectas, ¨hechas a mano¨.
¿ Que qué pasó con ella?
Nada que hacer porque siempre estaba acompañada por el chico, aunque si hubo intercambios de miradas, de esas que van directo a una sabiduría ancestral que no dominamos, sólo intuimos.
Una cosa sorprendente es que en este campo el ¨fanguito¨, ese dulce divino de leche condensada, lo traían en grandes ollas de aluminio. A muchos no les gustaba y aprovechábamos para darnos un banquete.
De regreso a La Habana, nos dirigimos al ferry.
En ese barco con vistas panorámicas a los pequeños cayos y aguas cristalinas llenas de langostas, hubo un pequeño milagro: no había donde sentarse y estuve dando vueltas, mirando al agua. Por fin, encontré un asiento vacío y a su lado, estaba la misteriosa chica de los pequeños vellos rubios. Allí me senté y hablamos de muchas cosas. Le pregunté por su novio y me dijo que era sólo un amigo. Con las hormonas saltando de lado y lado, nos dimos un beso largo y esponjoso. Ambos lo necesitábamos.
Los amigos nos vieron y me echaban bromas sobre esa relación. Ellos estaban tan entusiasmados como yo.
Luego pasó todo un año a mi lado, en el pupitre de las clases de literatura con el profesor Ramoncito. Después no volví a verla pero el recuerdo de aquel encuentro en el catamarán, de regreso a Batabanó, al sur de La Habana, no me lo quita nadie. Ese recuerdo está allí, en ese rincón del corazón, donde se guardan las pequeñas cosas que marcan y atesoras en la vida. Un rincón donde, seguramente, tú también tendrás las tuyas.
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Escrito por: Trujiz.
Edición de texto: Jaqueline Aguirre Morales

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