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Crónica: 11 De una Vida no Esperada

 
¿Recuerdas que nunca fui a desayunar ni tan temprano, ni tan cansado, ni tan feliz?
Ella estudiaba danza y tenía 19 años, yo 16.
Después de aquella inolvidable noche, la mañana se me hizo eterna. Por un lado quería contar a gritos esa plenitud nocturna pero tenía que ser discreto y callar. Ese para mí, había sido el gran acontecimiento de la vida que hasta ahora había conocido.
Hacíamos la cola para entrar al comedor y miraba hacia todos lados a ver si la veía. Pero nada. Fello, mi mejor amigo, me dijo: ¿Qué pasa? Nada, le contesté. El siempre intuía lo que me pasaba.
Estábamos sentados en una mesa central y, de pronto, ella apareció. Iba de frente hacia nosotros, irradiaba luz, era verdaderamente hermosa con sus rojizas mejilla, el rubio de su melena brillante, su caminar de bailarina. Me miró y me regaló una sonrisa que difícilmente pueda olvidar en mi vida.
Fello lo vio todo, me miró y preguntó ¿viste eso?
Y yo pregunté, tratando de parecer natural: ¿de que me hablas?
Fello tenía un don con las chicas. Las atraía y las comprendía. En esa sonrisa había visto algo que seguramente pasó desapercibido para muchos: ella hizo un gesto especial para mí.
Una pregunta se instaló en mi : ¿Cómo ha de continuar la vida a partir de ahora?
No éramos novios y ella tenía tres. Todos eran adultos, altos, guapos: un importante deportista de tiro al blanco; un socorrista de playa y un cónsul de un país extranjero. No me hacía demasiadas ilusiones.
Esa tarde, cuando salí de mi clase de trompeta ella estaba afuera, esperándome. Me dijo: tengo un champú que te va a venir bien para ese pelo descuidado. Así que fuimos directamente al patio de la casa de al lado, dónde había un lavadero. Metió mi cabeza debajo del grifo y me lavó con la ternura del que lava a los perritos callejeros abandonados y llenos de churres.
Ella lo tenía todo, era de las pocas afortunadas dueña de una barra de jabón Lux o Palmolive en momentos en que los demás nos teníamos que conformar con los jabones ¨Nácar¨ de fabricación nacional, con un perfume raro al que teníamos que acostumbrarnos.
Esa noche vino a buscarla el cónsul. Afortunadamente no lo vi pero me contaron que venia a menudo, con su lujoso coche y sus escoltas, a buscarla..
Durante mucho tiempo a partir de ese día, cuando él se iba, me pasaba a buscar. Ella quería que yo disfrutara de sus privilegios con una copa de coñac ¨Martell Cordon Bleu¨ unas bocanadas cigarrillos Rothmans y otros mentolados, por ejemplo. Ella me regaló, de plano, la posibilidad de pasar a otra categoría de ciudadano. Pasé de ser un estudiante más, con sus limitaciones, a un estudiante de la alta sociedad del barrio Siboney.
Me convirtió en su pupilo, su protegido, su amante. Tan amante como los otros tres. ¿Porqué? No lo sé todavía.
Disfrutábamos nuestro tiempo juntos. Nos escapábamos hacia otros chalets, preciosos chalets abandonados por la diáspora..Cargábamos con nuestros grandes cartones para protegernos del polvo y la tierra que reposaban sobre los pulidos mármoles del suelo, pero, antes de acostarnos en ellos, ella danzaba como las diosas, desnuda, para ver reflejada su silueta en un espejo sucio.
Un día amanecimos en un chalet especialmente hermoso. Los vitrales de colores que adornaban sus ventanas dejaban pasar la luz de un sol radiante y su cara y la mía, coloridas, ocultaban las ojeras del cansancio y el trasnocho, pero también de esa felicidad que sabíamos temporal.
Pasaron los meses y yo disfrutaba de aquella relación privilegiada, prohibida, escondida. Muy pocas personas lo supieron y algunas de ellas no creían que fuera verdad. Muchos pensaban que eso sólo ocurría en mi fantasía. Pero esta era mi verdad: en esos meses viví jornadas de un intenso aprendizaje. Ella me enseñó a estar en su nuevo mundo, al que me llevó cogido de la mano.
Una tarde se acercó y me dijo, dándome un beso en la boca: ya tienes que andar solo. No podemos volver a vernos
Así como apareció de la nada, se fue de mi vida.
Se había enamorado de alguien, guapo y rubio, que la llevaba y la traía en su Volkswagen verde.
Su relación era sólida y comenzaron a planificar su ida de Cuba. El tenía un tío millonario en Estados Unidos, eso me contaron.
Una mañana alguien saltó la reja de la Embajada de Perú que quedaba relativamente cerca de la escuela. También se empotró un autobús con gente dentro contra la verja, burlando la custodia militar: era el principio de lo que fue uno de los acontecimientos más dolorosos y tristes de La Habana, en esos años.
Contaban, que el sitio se llenó de mucha gente. Estaban todos amotinados. Querían irse del país de alguna forma. Entre toda esta gente estaban la bailarina y su pareja.
Cuentan que, al cabo de un tiempo, se formaron grupos que decidían quiénes comían, cuándo y cuánto. También dicen que a ella la escogieron como objeto sexual de algunos de esos impresentables. Estaba tan herida, que tuvieron que sacarla para que la trataran los médicos.
Me dolía todo aquello. Cuánto me dolía.
Finalmente esta historia tiene un buen final: los que estaban en la embajada llegaron en grandes lanchas a su destino.
Siempre he deseado que ella sea muy feliz. Que esa despampanante rubia que me enseñó tanto, la que me mostró otra cara del amor y de la vida, la que un día me dio un pasaje y una visa para visitar su mundo mágico, que sea inmensamente feliz.
Escrito por: Trujiz.
Edición de texto: Jaqueline Aguirre Morales
 
 

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