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Crónica: 10 De una Vida no Esperada


Instructores de arte.
Así se le llamaba a los egresados de la Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA) o a los que nos íbamos a graduar.
El detalle era que todos, o casi todos, queríamos ser artistas y no ser eternamente instructores de arte destinados a las casas de cultura de distintos municipios.
De ahí que, al no estar regidos por las normativas tradicionales y clásicas de las escuelas de artes tradicionales, la ENIA nos brindaba una libertad de aprendizaje única.
No teníamos prohibiciones en cuanto a los géneros musicales; nos inundaban las mejores influencias foráneas: música de jazz, africana, funk, entre otras, los profesores que viajaban y algunos alumnos extranjeros nos traían cassettes de los cuales escuchábamos músicas del mundo; teníamos varios puntos de escuchas obligadas. Si por alguna razón no podíamos entrar al cuarto donde estuviera la dichosa grabadora exponiendo a Chick Corea, Herbie Hancock, o Whather Report, pues nos sentábamos en las aceras, fuera y por las ventanas, nos llegaban esos fascinantes sonidos.
Había muy buen ambiente musical, los que tocábamos instrumentos de viento, hacíamos notas largas todas las mañanas, en las calles, con las sillas que sacábamos de las aulas. Cuando llegaba la hora de merendar comíamos galletas dulces con helado, panetelas con frutas confitadas o una Cake Tatianoff exquisita. Habían alumnos encargados de guardar las meriendas y si tenías la suerte de que en tu cuarto estuviera durmiendo uno de ellos, estaban garantizada las meriendas nocturnas.
Creo que la ENIA fue la primera escuela de Cuba donde teníamos libertad en la asignatura de prácticas de conjuntos. Además, podíamos ser los compositores de los temas a ensayar. Tuve la suerte de estar en esa clase, donde teníamos una verdadera cuerda de metales, dos trompetas, saxos con Humberto Casanova, trombón y drums. Más suerte todavía era tener allí a Ernesto Simpson, que ya mostraba una musicalidad magistral. En esta clase aprendimos a hacer arreglos y experimentando desaprendimos todo lo necesario para que la innovación viniera a nosotros. Era tal la libertad que el profesor tomaba la asistencia y nos decía: “ hasta la próxima clase, chao” y allí nos quedábamos los compañeros, haciendo musicalmente lo que queríamos.
Era la clase más larga, podía durar tres horas, pro nos gustaba tanto estar allí que las encargadas del comedor nos tenían que avisar que el tiempo del almuerzo se acababa y nos iban a cerrar el comedor. Todos corríamos a comer porque si no lo hacíamos, nos quedaríamos en blanco hasta la noche, hora de la cena.
A veces, cuando nos daba hambre durante la noche, sabíamos dónde buscar pues había cocinas clandestinas, eléctricas, de resistencia y hasta de leña en algunos patios. De lejos, localizábamos el lugar de dónde salía el humo y llegábamos directo a algún puré de papas en proceso, cuyas papas salían de las cajas que se encontraban alrededor del comedor.
En esas benditas cajas podíamos encontrar unas latas de leche en polvo, a las que le quitábamos las tapas, sacábamos la mitad de la leche, le echábamos agua , tapábamos la lata y zarandeábamos aquello que era, para nosotros, el mejor batido del universo.
Era difícil no tener novia, aunque la primera costara mucho conquistarla. Algunos nos acercábamos con palabras románticas, en un proceso paulatino y amable y otros lo hacían a través de desdenes y desprecios. Increíblemente funcionaban en muchos casos pero aún así, nunca quise practicar ese estilo detestable.
Mi primer encuentro sexual llegó como llega lo inesperado. Un amigo le dice a una de las estudiantes que yo era muy exitoso con las chicas , cosa que no era cierta. Por alguna razón que hasta ahora desconozco, ese comentario llamaría la atención de la chica en cuestión. Ella era en ese momento el centro de atención de la escuela: era la típica líder exitosa, la rubia bailarina, despampanante inalcanzable. Era poderosa y yo lo sabía, ella lo sabía, no había nada que hacer.
Uno de nuestros amigos, ¨el manco¨ (a quién le decíamos así porque una vez en la playa se hizo el listillo y se lanzó al mar para lucir tirada de clavado y lo que consiguió fue partirse el brazo, que pronto recuperó) compró una botella de ron “patricruzao” o “coronilla” y nos invitó a dos parejas a irnos al césped de otros chalets cercanos, a disfrutar de la bebida. Era un sitio muy oscuro y nos divertíamos con los cuentos, las risas, los chistes y el “pásame la botella” hasta que nos llegó la madrugada. El manco se fue a enseñarle las estrellas a su novia en otro lugar; “El flaco” se fue a bailar con su novia a otro lugar y nos quedamos ella y yo, solos en aquella oscuridad y yo pensando ¿de qué puedo hablar con este ser inalcanzable, tan cerca de mí?
El milagro surgió los botones de su vestido azul vaquero se empezaron a abrir en un trac, trac, trac inolvidable; unas tenues palabras de boca a boca y su dedo en mis labios para que no dijera nada, hicieron que ese viaje a lo desconocido fuera posible. Allí me dieron pasaje y visa para visitar un nuevo mundo, en una travesía larga y amorosa hasta el amanecer.
Aún tengo en mis ojos el azul tenue de aquella mañana temprana, recostados los dos en el césped.
Nunca fui a desayunar ni tan temprano, ni tan cansado, ni tan feliz.
Escrito por: Trujiz.
Edición de texto: Jaqueline Aguirre Morales

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