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Crónica: 6 De una vida no esperada

Santiago de Cuba y la imaginación

Santiago de Cuba y la imaginación

La primera vez que fui a Santiago viajé en una máquina (coche de los años 50, según el argot cubano).

Por algún motivo que no recuerdo, mi padre me llevó como su acompañante en ese viaje. En el camino descubrí algo que me dejó marcado para toda la vida: la infinita imaginación de mi padre logró, ese día, que yo no pudiera diferenciar lo que era su fantasía y lo que era la realidad. Yo apenas tenía 6 años.

La carretera que atravesamos desde Palma Soriano de Santiago –mi pueblo- y Santiago apenas tiene 45 Kilómetros. Su recorrido está plagado de curvas sinuosas .El paisaje es hermoso: íbamos viendo las montañas del sur de la provincia de Oriente antes de llegar a “El Cobre” un pueblo distinguido por tener una iglesia muy famosa, la que alberga a la Virgen de la Caridad del Cobre.

Casi llegando, yo miraba a lo lejos una montaña azulada de la que se desprendía un humo blanco y espeso. Mi padre, que se dio cuenta de mi interés en ella,  me dijo:

“Guille ¿ves ese humo a lo lejos? Pues en ese lugar, en estos momentos, hay unos indios danzando alrededor de una hoguera”.

Abrí los ojos como platos y esa visión se me quedó grabada. Mi imaginación voló  tanto como la de mi padre y vi claramente a los indios danzantes de la montaña azulada.

Mi padre nunca me aclaró que esos indios no existían, que era su prolífica imaginación la que los había creado. Él nunca supo cuánto le he agradecido esa mentira toda mi vida. No supo tampoco que ese día me enseñó a imaginar mundos irreales, fantásticos; mundos que muchas veces ayudan a vivir. 

La entrada a Santiago fue una vivencia también inolvidable. Desde la carretera central vi  toda la ciudad, debajo, con su bahía al fondo. Mi padre hizo que nos bajáramos del coche cuando llegamos a una cafetería, un hermoso rancho antiguo de madera. Nos tomamos unas Coca Cola  (que aún existían en Cuba) y me sorprendió  entonces ver unos  coches amarillos con cuadritos negros que se utilizaban en Santiago. Taxis como los que después vi en las películas sobre Nueva York. Esa imagen de una Santiago en desarrollo la tengo clavada entre ceja y ceja. La ciudad, después, se vino a menos. 

Continuamos nuestra travesía y llegamos a la plaza de Marte, cerca de un museo y fuimos bajando la inclinada calle de Bayamo. Íbamos a visitar a mis tíos. Hizo que me adelantara,  a ver si yo podía adivinar hacia dónde quedaba la casa familiar. La intuición o los lazos de sangre no me fallaron: logré llegar hasta esa calle.

  Ahora pienso que hubiera sido un milagro de la Virgen de la Caridad del Cobre si hubiera identificado (sin conocerla) la casa de mis tíos. Después, me enamoré de ella, de sus sonidos de antiguos relojes de pared y sus olores a higuera, a mango, a café  y jazmín. 

Allí nos esperaban los tíos, primos y primas con ese amor familiar que tanto se añora, siempre, mucho, tan cerca en el pensamiento, tan lejos en espacio y en tiempo.

Escrito por: Trujiz.
Edición de texto: Jaqueline Aguirre.

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