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Crónica: 23 De Bandidos de la Banda 5

Crónica 23: De bandidos de la banda.

En cinco años de tu vida pueden pasar, y pasan, muchas cosas.

Los 5 años de la banda para mí fueron como un remolino de acontecimientos. Tuve que aprender cosas nuevas como por ejemplo, la disciplina militar.

La verdad es que para nosotros nunca fue tan rígida como se pudiera pensar, la mayoría de las veces los militares de la unidad de ceremonia se hacían la vista gorda. Al principio de nuestra estancia allí, a veces pensábamos que éramos civiles.

Normalmente cuando duermes en la unidad se daba el ¨de pie¨ muy temprano. Una mañana muchos nos quedamos durmiendo hasta las 9 de la mañana. Para las reglas a cumplir sabíamos que nos caería una sanción segura.

Entre el sueño escuchamos una voz aguda pero a la vez potente de hombre que gritó:

¡Firmeeeeees!

Era el Coronel Guerrero Ramos, el máximo jefe de ceremonias, el mismo que recibía a los presidentes en el aeropuerto.

Era muy conocido en la televisión

. —¿Ustedes son indígenas?, ¿Son de esta unidad?—seguía diciendo, molesto, con esa voz tan aguda y perturbadora.

Algunos teníamos ganas de reírnos pero sabíamos lo que nos esperaba si lo hacíamos. Se fue acercando a cada uno de nosotros, amenazador, mientras estábamos todos de pie al lado de las literas y en calzoncillos.

Al ver a uno de nosotros que tenía una especie de peinado afroamericano moderno, le preguntó:

—¿Chico, tú te crees que eres Maykél Yaczón?, refiriéndose a Michel Jackson- en ese momento si que no pudimos aguantar la risa.

Lo que empeoraba todo es que el coronel tenía una especie de parálisis en su cara. Tenía una mueca que parecía como si estuviera riendo y, si en algún momento decía algo y te reías, entonces te soltaba aquello de:

—¿De que te ries?— Al final, no nos sancionó.

Nos dio una buena reprimenda, como para que no nos quedáramos dormidos otra vez.

La soledad es algo que no llevo bien y menos en esa época.

Un largo fin de semana, cuando ya nos daban los privilegios de salidas con los amigos, nos fuimos a unos bungalows en la costa, entre Matanzas y La Habana.

El sitio era perfecto: un césped muy cuidado, hermosas vistas al mar, una piscina gigante, un buen restaurante central y los bungalows muy bien acondicionados.

Estábamos en un paraíso turístico, pero había un problema: Migue, Eduardo Piloto y el Chino Cuong estaban con sus parejas; Arabí esperaba a una amiga y yo estaba solo, con ellos, en medio de la nada ¿ya te dije que no llevo bien la soledad? Me fui a la recepción a ¨llorar¨.

Allí, de recepcionista estaba una chica muy simpática. Quería conversar con alguien y le dije, con cara de gatito abandonado y voz medio ¨llorona¨:

-Estoy solo. Solo solito, aquí, en esa habitación tan grande-.

Imagino que ella estaría también sola, solita, pues pidió vacaciones y nos acompañó… para mi fortuna y la de mis compañeros.

Teníamos aseguradas las mejores atenciones a las habitaciones, con los mejores menús, comidas y bebidas de todas las instalaciones, algunas gratis, pero eso no se lo digas a nadie.

Grandes amistades se forjaron durante la estancia en la banda. Amigos entrañables como Fidel Morales, Eduardo Piloto, Julito Ceballos, l. Castillo, Migue ( el Flac).

Otras amistades se consolidaron aún más: Jorge el chino, Raudel, Cordova, Cañizares, Carlitos ¨Jarúco¨ y Ramón ( ¨el congo¨).

Todos veníamos de la ENIA: Con Piloto pasó algo muy especial. El a veces nos invitaba a pasar una tarde en su casa, uno de los apartamentos más bonitos que conocí en La Habana. Su madre, Josefina Barreto, que había sido mi profesora de piano, era un ser muy especial: muy refinada, con unos gustos muy sofisticados.

Le encantaban las plantas como a mí y tenía en el salón y en el balcón unas hermosas y grandes plantas.

Ella sabía que me encantaban las plantas y un día, estando yo de visita me dijo:

—“Truji, ven conmigo”. Bajamos las escaleras y tocó con sus nudillos la puerta del apartamento del bajo.

Antes de que abriera la señora de la casa me dijo: — “lo ha logrado”. Yo no sabía a qué se refería.

Se dirigió hacia la señora de la casa y, en clave, le dijo:

—“Enséñaselo”.

Casi sin mediar palabras la señora me tomó de la mano y me llevó hasta el patio de su apartamento.

Era un sitio encantador, lleno de plantas floridas de diversos colores.

Allí convivían plantas de todo tipo: aromáticas, trepadoras, orquídeas. Miré fijamente a Josefina y me preguntó, entonces:

—¿Sabes Truji? Te dije que había logrado… un BOSQUEE en su patio.

Desde entonces, esa idea siempre me ha perseguido: he querido crear un mini bosque tropical allá donde vaya a vivir.

Aún hoy no lo he logrado, pero ese recuerdo de ¨Mamina¨ (como se le decía familiarmente) me impulsa a querer desarrollar ese proyecto, como un homenaje y agradecimiento a ella y a mi abuela paterna.

Mi madre siempre me dijo, que en eso salí a mi abuela Emelina Abreu Adams, que no llegué a conocer y que por cierto, ella era descendiente del segundo presidente de los Estados Unidos, Jhon Adams.

Una vez vi una serie de la vida de Jhon Adams y el estaba preocupado por uno de sus hijos varones, no recuerdo si era Charles o Thomas, no por Jhon Quincy, ya que este último, no tenía esa actitud y además, llegó a ser el sexto presidente de USA.

La preocupación por ese hijo, era que al parecer el joven andaba por barrios dudosos, donde se emborrachaba, al punto de que el presidente en persona salía a buscarle en sus noches turbulentas, para rescatarle de tanta inmundicia.

Un día brindando con mi hermano por nuestros ilustres ancestros y con un ¨traguito¨ de ron en la mano, llegamos a la conclusión entre bromas y risas, de que éramos descendientes del descarriado hijo y no del ilustrísimo Jhon Quincy. Retomando la historia anterior:

También gracias a ¨Mamina¨ conocí a uno de los trompetistas que más admiro de la historia del jazz: Chet Baker.

Esa casa era un hervidero de cultura y buen gusto. Allí transcurrían las mejores audiciones musicales, entre interesantes tertulias.

Allí vivía también Giraldo Piloto, hermano de Eduardo, gran músico, arreglista y compositor, quien años después formó el grupo Klimax. Tenía su propia y apetecible colección de música en cassettes que nos prestaba para que los grabáramos.

Un día estábamos en el salón escuchando Sonny Rollins, Freddie Howard, entre otros y Mamina pasaba por detrás y nos decía:

— Chet Baker , escuchen a Chet Baker, como toca y canta—.

Como siempre, acertaba en sus recomendaciones, esas enseñanzas que muchas veces nos dejaban marcados, que nos influyeron de por vida.

Ella volvía a marcar un camino a seguir, un mundo musical por descubrir.

Cerca de esa casa vivía Isita, la novia de Carlos Varela. Ella y su familia mantenían una buena amistad con los Piloto Barreto.

El ahora famoso autor y cantante Carlos Varela estaba por formar un grupo acompañante, pero ya esa es otra historia por contar…

Escrito por: Trujiz. Edición de texto: Jaqueline Aguirre Morales

 

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