Crónica 20:¨ De bandidos de la banda 3¨
Entrar a la Banda del Estado Mayor fue una triste salvación pero luego se convirtió en una bendición.
Triste, porque de ninguna manera quería entrar en nada que tuviera que ver con el ejército militar y menos que fuese obligatorio.
Era una salvación porque pudimos -mis compañeros de estudio de las escuelas de arte y yo- ir a parar a una unidad militar del ejército regular y eso, hubiese sido, la peor de las pesadillas.
Una bendición, pues si mi camino no hubiese pasado por la
banda, hoy no existieran las dos personas más importantes de mi vida, mi hija Heydi y mi nieto Enzo.
Por ello, jamás diré que fue un acontecimiento terrible o de mala suerte. Pasar por la banda militar me ofreció la posibilidad de fundar una familia y eso, definitivamente, no tiene precio.
La otra opción, la que soñábamos antes de que el profesor nos traicionara al inscribirnos en la mili sin nuestro consentimiento, era tener una vida profesional muy exitosa, ganar mucho dinero, viajar, hacer agrupaciones musicales con los músicos que te gustaban y a los que respetabas, producir cientos de discos, tocar en los mejores teatros del mundo y asistir a los festivales más conocidos.
Pues no cambio, esa primera e ideal opción, si peligraba la de formar una familia y tener a esos dos seres maravillosos que son mi premio y mi legado, así como centrarme en dar, crear y darle un sentido a una misión de vida, donde ese ego primitivo, no tuviese cabida. Sin duda, agradezco a ese profesor su traición, aunque sea difícil de entender.
La banda fue un mundo aparte. Tengo tanta información y memorias que daría para un libro pero no quiero ser injusto con mis colegas de tránsito y grandes amigos que allí cosechamos, por todo lo que pudiera omitir, entre nombres y una visión puramente subjetiva, de las cosas que se vivieron en esa etapa de los años ochenta. Por esa razón, sólo tocaré los temas más relevantes para mí.
Para llegar a esa unidad militar ubicada en la Habana del Este había que atravesar el túnel de la ciudad o bien cruzar la bahía con la lancha del pueblito de Casablanca, adornada por una escultura de un Cristo gigante.
Por esta vía, se subía una cuesta inmensa para llegar a una carretera. Cualquiera de las dos maneras de llegar era una aventura por la dificultad con los medios de transportes en Cuba.
Desde el primer día ya se nos hablaba de la estancia en años: teníamos dos opciones.
La primera estar sólo tres años con muchas dificultades y la otra era estar allí cinco años, saliendo de la unidad todos los días a las 5 de la tarde y con un sueldo más o menos digno.
El primer gran acontecimiento no fue precisamente militar. Estábamos en el año 1983 y ese fue, de todos los que viví allí, uno de los más importantes en mi vida. Todo comenzó por la iniciativa y creatividad de Fidel Morales.
A él se le ocurrió un repertorio original para participar en el Festival de Jazz Plaza y creó para ello, una agrupación que llamó ¨La pequeña banda¨
Los temas eran muy buenos y los comenzamos a ensayar allí mismo y a veces en su casa.
Fidelito, tocaba la batería y fungía de director de la banda. Para esa ocasión, logró invitar a dos grandes músicos civiles:
Ramoncito Valle al piano y Felípito Cabrera al contrabajo. El resto éramos Jorge L. Cañizarez en el saxo tenor, Raudel Betancourt con la flauta, Mateo en el trombón y yo que completaba la cuerda de metales con la trompeta y el fliscorno.
Este proceso nos facilitó de alguna manera la adaptación al nuevo mundo al que ahora pertenecíamos.
Llegó el día en que un jurado nos evaluaría para participar en el festival. Yo estaba muy nervioso y, para nuestra sorpresa, estaban allí dos grandes maestros para evaluarnos: el trompetista Jorge Varona, un referente del instrumento que tocaba en el más importante grupo del Latin Jazz cubano ¨Iraquere¨, junto a su director, el gran Chucho Valdés.
Con Chucho me pasaban dos cosas. Una era la admiración que ya le tenía y otra, algo más familiar, pues mi madre, siendo yo niño a veces me llamaba Chucho cariñosamente como un homenaje a él. Pienso que mi madre quería que el gran Chucho Valdés influyera en mi música o que, de alguna manera, nuestros caminos se cruzaran. Y eso fue un deseo cumplido.
Durante la presentación hicimos nuestros temas (composiciones y arreglos de Fidel) y algunos solos. Al final, bajamos de la tarima del pequeño teatro de la Casa de la Cultura de Plaza, hasta los asientos donde nos esperaba nuestro ilustre jurado.
Recuerdo que nos dijeron que todo estaba bien. Varona, en particular, me miró y luego hizo un recorrido hacia todos diciendo: está todo realmente bien pero, por favor, hagan los solos más cortos.
Era una lección por aprender. De alguna manera nos decía que no aburriéramos al público. Si no hay algo que decir, es mejor no hacerlo. Hasta hoy en día trato de cumplir con esta condición.
Regresamos a nuestras casas y alguien del grupo me dio un pedacito de algo que parecía tiza.
Yo no sabía que era la ¨cascarilla¨, un compuesto que se usa en la santería para, entre otras cosas, tener buena suerte y alejar las malas vibraciones. Cuando me la dio me dijo:
—Con esto vas a preparar un baño. En un cubo, pon colonia, flores blancas y esto. Báñate con el agua preparada antes de venir a tocar. Verás cómo vas a estar más tranquilo.
Efectivamente, recuerdo que me bajé de la guagua e iba caminando hacia el sitio y me sentía como flotando. No sé si era sugestión o qué, pero había sido efectivo.
Ese día estaba lloviendo y cuando llegué les dije:
“Tranquilos, todo va a salir bien”. Me miraron extrañados pues pasé de ser el más nervioso en los ensayos al más tranquilo la noche de la actuación.
Salimos contentos de nuestro trabajo. Sentíamos que lo habíamos hecho bien. A los meses sucedió algo que nos lo corroboró.
En La Habana había un personaje muy llamativo. Era baterista muy rubio y de pelo lacio. Creo que le decían ¨Fantomas¨ y era muy respetado y famoso por sus críticas musicales.
Un día me lo encontré en una guagua. Se me acercó y me dijo:
—No dejes nunca el fliscorno porque ese es tu instrumento”. —que me lo dijera un crítico conocido (no oficial) como él me llenó de orgullo. Y lo mejor es que yo lo sabía. De hecho siempre digo que es mi instrumento natural por mi forma de ver la música y porque simplemente me identifico con ese sonido.
El este de La Habana tiene dos cosas fundamentales para mí: el sol y el mar que desde allí nacen y rodean la ciudad.
Cuando fuimos de nuevo hacia la unidad militar disfrutábamos, (antes de llegar), las vistas de ese mar habanero pero, además, íbamos felices gracias a Fidelito y a la genial idea de hacer posible que participáramos en ese festival Jazz Plaza 83 .
Nunca más toqué allí y aún hoy me pregunto si esa sería la única vez que lo haría.
Escrito por: Trujiz.
Edición de texto: Jaqueline Aguirre Morales
Nota aclaratoria:.(Agradesco a mi amigo Humberto Casanova, por recordarme el apodo de Fantomas, no recuerdo su nombre real, quizás sea Evelio Machado, según me comenta)
