Crónicas:¨De bandidos de la banda¨ «Parte 1: El comienzo»
Un engaño o una supuesta traición puede ser el comienzo de algo que -a priori- es desagradable pero que, una vez analizado desde la distancia, es el puente que hace que tu vida haya sido como tiene que ser.
En esa época en que los flamboyanes florecidos adornaban de rojo la calle principal de los bonitos Chalets, se nos anunciaban los exámenes finales de la ENIA.
No solo se acababa el curso ese año en el cual ocurrió lo que voy a contar, era, además, el año de mi graduación. Un día antes alguien me preguntó cuán preparado estaba.
Mi despiste estaba a niveles insospechados: yo tenía que tocar un concierto con una obra clásica con acompañamiento de piano incluido.
Me puse a estudiar como un loco al darme cuenta del problema que tenía encima.
Llegó el día. Era una mañana muy soleada y estábamos todos en aquel salón dónde se llevaría a cabo el evento. Estaba mi profesor Lázaro Cruz en el jurado de profesores y había público de padres y alumnos.
Tocó mi turno. La verdad es que me sentía bastante seguro dentro de lo posible. Tenía que tocar una obra principal con el acompañamiento que interpretaba una alumna de piano. Antes de la principal, tenía que tocar dos pequeñas obras.
Comencé muy bien, pero los nervios y la (segura) inseguridad por no saberme de memoria la obra, hizo que improvisara el final, pero dentro del consabido “ritardando” apropiado en el estilo clásico.
Cuando me di cuenta que estaba (mal) improvisando, busqué temerosamente la cara de mi profesor. Sus gestos fueron cambiando por segundos: cara de asombro, cara de malo, sonrisa rara y, finalmente, cara de “te mato”.
Se acercó al terminar y me felicitó delante de todos, pero él, la pianista y algunos alumnos, sabíamos que, aunque había sonado bien y dentro del estilo, no era lo que estaba en la partitura.
Cuando nos quedamos solos me dijo:
—Te salvas por la musicalidad mostrada. Deseo que tengas un feliz y próspero futuro como músico y en lo personal.
Sé que no le hizo mucha gracia mi concierto pero una vez más me perdonó.
Ya con el tiempo y las vivencias de espacio y tiempo pienso que debí haber estudiado más por respeto a su empeño como profesor.
Unos meses antes de este momento, el profesor de literatura, que a la vez era un funcionario de la dirección de la escuela, Ramoncito, iba caminando por la calle principal y diciendo en alta voz:
—Todos los varones que no quieran pasar por el servicio militar al graduarse, pueden ir a la dirección para tomar nota de sus datos.
No me creerán si les digo que todos los que entramos en la lista recibimos una carta dónde nos exigían presentarnos ante la unidad militar 3908 donde radicaba la banda del Estado Mayor.
Llamé rápidamente desde un teléfono público a la casa de mi amigo y compañero de clases Cañizares, que era uno de los que se había inscrito en la supuesta lista salvadora.
En aquella época, no se llamaba a las personas( al movil), se llamaba a las casas, la mayoría de las personas teníamos un vecino que molestar y mediante gritos, se nos comunicaba.
Cuando hablé con él comprendí que aquel profesor, nos había engañado.
Aquella noticia nos perturbó, por supuesto. El medio militar no era precisamente dónde queríamos estar después de graduados aunque las opciones no eran muchas: una era irte de instructor de arte a algún campo lejano.
Estábamos tristes, sin duda. Dejábamos una escuela dónde habíamos sido felices en un ambiente único y dejábamos también un amor. Sabíamos que era el principio de ese final anunciado por la lejanía.
Decidimos emborracharnos, así que fui hacia el Vedado en una guagua ruta 64, si mal no recuerdo.
Al llegar a la esquina de las calles 23 y L, fuimos a varios bares, uno estaba cerrado y otros eran solo para turistas. Sólo queríamos una botella de ron para tomárnosla en el malecón y ahogar allí las penas.
No hubo forma de que pudiéramos lograr la borrachera, así que, después de dar muchas vueltas en aquella noche calurosa nos encontramos frente a la icónica heladería Coppelia.
Entre el olor a brisa marina que sube por la Rampa que invita a comer algo y la mezcla de aromas de los distintos sabores de helados, la idea del ron se fue diluyendo.
Así que sin pensarlo más hicimos, la correspondiente cola para degustar la cremosa ensalada de helados: cinco bolas de diferentes sabores en un mismo plato.
Cuando nos llegó el turno de sentarnos llegó un viejo conocido de la ENA, Oriente López. Lo invitamos a sentarse con nosotros.
Estuvimos arreglando el mundo musical del momento en aquella conversación. Hablamos del grupo de jazz latino ¨Afrocuba¨. Esa conversación era el presagio de lo que ocurriría después:
Oriente fue su director por muchos años.
Al otro día mi madre me ordenó que fuera a un estudio fotográfico que había en la calle Reyna de centro Habana. Me iban a cortar el pelo en la mili y “quien sabe cómo quedarás de feo” dijo.
Esa traición del profesor fue el puente para que mi vida sea lo que es ahora. Y no me quejo.
La banda de música fue lo que fue en ese momento y de allí salieron grandes músicos pero para mí lo más importantes son los grandes amigos con los que allí compartí mis experiencias y vicisitudes. Ellos son y están para siempre.
Esos serán los relatos de “los bandidos de la banda”: mis amigos y yo en la mi
Escrito por: Trujiz.
Edición de texto: Jaqueline Aguirre Morales
¿Quieres saber cómo sigue la historia en el servicio militar? 👉 Lee aquí el Capítulo 2: Entrando en la Banda https://www.trujiz.com/crónica-20-de-bandidos-de-la-banda-2/ Crónica 20
P.D. Esa trompeta que me acompañó en mis inicios y «casi» me cuesta un disgusto en el examen, es la que hoy da vida a mi disco Sevillabana. Si te ha gustado leer mi historia, te encantará escucharla. 💿 Descubre y consigue el álbum «Sevillabana» aquí

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