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Crónica :18 De una Vida no Esperada.

Crónicas de una vida no esperada 18
 
( Esta crónica, iría cronológicamente, alrededor de casi un año antes a la 17)
 
En la ENIA, hubo un tiempo en que nos dio por correr. Supimos que el gran trompetista Arturo Sandoval hacía carreras en sus tiempos de estudiante de música. Lo hacía para mejorar su respiración y bastaba con que alguno de nuestros ídolos hiciera algo para que siguiéramos sus mismos pasos, imitándolo.
Salíamos desde la parte central de la hermosa quinta avenida, llena de palmeras, hacia Jaimanita, un pueblo marinero, muy cercano a la escuela.
 
De Jaimanita también era Marta, una amiga que conocí en la discoteca El Náutico, junto a mis amigos Fello y Ramon ¨el Congo¨ . La discoteca estaba ubicada en el bonito y lujoso barrio de la zona de playa, del mismo nombre.
 
Sin saber cómo, nos contrataron a los tres para tocar en una orquesta acompañante. Todavía no llegábamos a los 19 años de edad y nos pagaban 70 pesos mensuales. Ese primer sueldo era todo un lujo para nosotros, jóvenes estudiantes.
 
La discoteca de día era un mundo por descubrir desde dentro. Cuando íbamos a ensayar, nuestro olfato se despertaba con el olor intenso de la noche anterior.
 
Los aromas del ron y el tabaco se mezclaban con el frescor salado de las brisas marinas que se colaban por las ventanas abiertas. Así ventilaban el largo local de los vestigios aromáticos de la noche.
 
De noche. Ay de noche.
Era una galaxia de luces, sonidos y sensaciones inesperadas. Los olores eran otros: allí, en esa discoteca asaban pollos. ¿Conoces alguna discoteca en el mundo donde se asen pollos? Pues ese aroma se mezclaba con los perfumes escandalosos del público juvenil y no tanto, de ron y humo de tabaco. Las luces se multiplicaban y, por supuesto, no faltaban las típicas bolas de cristales que, dando vueltas, regalaban sus luces de colores por todo el recinto.
 
La orquesta del show era pequeña pero contaba con grandes bafles. Acompañábamos a cantantes de diferentes estilos y fue allí donde conocí a mi amigo Ramon ¨el Mongui¨ que imitaba a Roberto Carlos. También actuaban bailarines y disfrutamos contar con Yulo en las tumbadoras (congas) un percusionista fuera de serie que después tocó con agrupaciones importantes.
 
Una noche apareció Marta con una amiga. Ella vivía en un chalet de este lujoso barrio y tenía una mesa reservada en la discoteca.
Ambas eran mayores que nosotros. Pasarían ya los 30 años de edad.
 
Cuando terminamos de tocar, un camarero nos llama a Fello y a mi, diciéndonos:
“Aquellas muchachas los invitan a su mesa. Dicen que quieren preguntarles algo”. Creo que nos vieron desnutridos porque lo primero que nos preguntaron fue que si teníamos hambre.
 
Por supuesto que estábamos muertos de hambre. Con esas edades y después de una función de hora y media el deseo de beber agua y comer algo es lo normal y ellas lo sabían.
Les respondimos con Siii rotundo, al unísono. Entonces, compraron un pollo.
 
Luego de esa noche Marta y su amiga nos esperaban con la mesa servida después de cada función. Nosotros nos dejamos llevar de tal forma que Marta y yo y su amiga y mi amigo, consolidamos una relación no declarada.
 
Gracias a ellas conocimos las preciosas casas chalets abandonadas del barrio y una mañana amanecimos en sendas habitaciones del lujoso hotel Tritón.
Esa fue la primera vez que disfruté de un hotel con vistas al mar. También esa fue la primera vez que olí un champú con olor a manzana. Aún hoy ese olor me lleva a aquella habitación con terraza marina.
Marta y su amiga eran nuestras maestras porque nos daban un aprendizaje constante sobre cosas desconocidas. Paseábamos por muchos sitios diferentes. La relación duró varios meses y recuerdo que el último sitio al que fuimos estaba cerca de la playa de Santa Fe. Era un camping muy bonito pero Marta tenía una fuerte gripe y fiebre, así que disfrutamos de una forma diferente.
 
Mientras contemplábamos el mar desde la orilla de la playa y escuchábamos la melodía de las suaves olas, ella me dijo:
-Y pensar, que estas aguas son las mismas que bañan las playas de Miami-.
 
En ese entonces yo no tenía el más mínimo pensamiento de irme algún día de la isla pero comencé a comprender que era una posibilidad. Entendí, entonces porqué no volví a verla en esas orillas y bajo esos cielos.
 
Dicen que la discoteca fue devorada por las llamas un día. Quedaron sepultados para siempre los viejos olores a ron, tabaco e intensos perfumes.
 
Lo que sigue vivo es mi recuerdo y mi deseo de que Marta y su amiga estén en sus orillas deseadas, que sean felices y que tengan un bonito pensamiento para la discoteca del Náutico y lo que, a partir de allí, vivimos juntos.
 
Escrito por: Trujiz.
Edición de texto: Jaqueline Aguirre Moral

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