Grupo Pleno Son
En el segundo año de la ENIA (Escuela nacional de instructores de arte) se creó un grupo de música cubana al que bautizamos Pleno Son. Tocábamos la llamada música ¨Timba ¨. Su director y arreglista era Humberto Casanova y los temas eran muy difíciles de aprender y ejecutar. Tenía, por ejemplo, frases interminables e intros de metales muy trabajadas, pero con un gusto fuera de lo normal para ser la creación de un joven de la edad de Humberto. Cada frase era una fiesta y por supuesto, tuve que dedicarme mucho más al estudio de la trompeta.
El estímulo era tremendo, mi “yunta”, amigo de andanzas, Alfredo ¨Fello¨, tocaba la guitarra en el grupo. Éramos alrededor de 15 de los cuales recuerdo especialmente a mis hermanos Raudel Betancourt con la flauta y a Victorino Patterson en la primera trompeta, quién, muchos años después, fue integrante de la Charanga Habanera.
No teníamos bajista en la escuela, así que se contactó con Jorge Soliño del ¨Vedado ¨que es el municipio, más moderno y cosmopolita de la ciudad. Vivía cerca de nuestro baterista, David Ortega, que fue uno de los grandes percusionistas del país. Su casa era un hervidero musical donde se cocinaban grandes músicos.
María Flora, su querida madre, nos abría las puertas para que ensayáramos en su salón. Los niveles de sonido eran muy altos y aún me pregunto cómo nos aguantaba. Supongo que el amor a la música que sentían muchas de nuestras madres las disponían a sacrificar mucho sólo por vernos alcanzar la plenitud en nuestras vocaciones.
Nos apadrinaba Changuito, el gran percusionista, quién, baqueta en mano, corregía a nuestro conguero dándole unos ¨golpecillos¨ si se equivocaba.
Nos invitaban a tocar en muchos carnavales. Uno de los primeros fue en la ciudad de Pinar del Río. Nunca pudimos imaginar lo que se avecinaba.
En la primera noche cientos de personas bailaron con nuestra música: Al día siguiente, tocamos en una plaza muy grande en medio de una larga calle. Alternábamos con la famosa orquesta ¨La Monumental ¨., que interpretaba una canción cuyo coro decía:
“si va a llover que llueva, lo que no quiero es chinchín “. Este era el tercer tema de la noche. Nosotros, adolescentes de 17 /18 años estábamos detrás de la tarima esperando nuestro turno.
Los bailadores se fueron envalentonando al ritmo de la música, mientras cantaban el coro de la lluvia y no se les ocurrió otra cosa que imitar al coro, lanzando cerveza (desde las pergas, que son vasos muy grandes de cartón ) al aire.
Se armó la gran bronca: las botellas volaban por encima de las casas y llegaban hasta las tarimas donde estábamos. Todos corríamos tratando de alejarnos pero, después de todo, entre risas, recordábamos aquella anécdota de nuestro gran susto.
En la Orquesta Monumental había un pianista al que le decíamos Veneno. Era muy gracioso y le encantaba echar cuentos sobre La Habana. El era como un cuentista cómico de teatro costumbrista pero tenía aquella guapería habanera que lo identificaba.Podíamos pasar horas escuchándolo.
Veneno era tan ocurrente que nos contó que acababa de nacer su hijo al que le había puesto ¨Danger¨ de nombre. Para que lo respeten, dijo. Las carcajadas de nosotros se oían a kilómetros.
Mientras tanto, Pleno Son, nuestra orquesta, llamaba la atención de músicos consagrados y profesionales.
Una noche en una plaza, donde hoy se estira al cielo el hotel Cohiba, frente al malecón , estábamos en plena faena de frases interminables. De pronto, vimos aparecer al maestro Jose Luis Cortes ¨El Tosco¨ que estaba en esa época en la orquesta charanga ¨Los Van Van¨ . Con una expresión de extrañeza fue subiendo poco a poco las escaleras de la tarima desde donde nos gritó: ¿ustedes se piensan que son ¨Irakere¨? Irakere, dirigida por el Chucho Valdés, era la mejor agrupación de todos los tiempos de ese género y latín jazz de Cuba. Siguió gritando sobre el ruido de la actuación y nos espetó: “que sepan que no todos están haciendo bien las frases”.
Y seguro que tenía razón , empezando por mí, pero por lo menos le llamó la atención el intento, de esos ¨atrevidos ¨ que éramos nosotros.
En otra actuación, en el pueblo de ¨Perico¨ después de tocar, llegamos temprano al sitio donde dormíamos. Las literas eran de hierro y a alguien se le ocurrió apagar la luz al grito de ¡guerra de almohadas!
Con la poca claridad que había pude esquivar un par de ellas pero en uno de esos movimientos bruscos, estampé mi cara en el hierro de una de las literas.
Algo líquido caía de mi cara a la camisa y tenía un dolor tremendo en la ceja izquierda. Sabía que la cosa era seria. Encendieron la luz y tuvieron que llevarme a otro pueblo donde había un pequeño hospital. Raudel y Fello me acompañaron y allí me cosieron la herida de unos 5 puntos en la ceja.
Aún tengo la cicatriz que me recuerda, cada día, las aventuras vividas, los amigos solidarios de la época y la alegría y vicisitudes que compartimos. Esa es una cicatriz bonita que queda en el alma para siempre.
Para mí, Pleno Son fue mucho más que un grupo musical de escuela. Fue una escuela de superación, de vivencias, de aprendizajes constantes, de amores fugaces por donde pasábamos, de los amigos de luchas, de los amigos que siempre me acompañan.
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